Retorno

De los filósofos que invadieron mi estantería el último año de instituto, al que recuerdo con más claridad es a Nietzsche. Por su aura de maldito, supongo. La fascinación hacia quienes han tenido una vida desgraciada es uno de mis peores defectos. Lo digo con sinceridad: idealizar a personajes con una historia convulsa conduce a irritantes ejercicios de pedantería, con tal de poner de relieve el inmenso talento que la mayoría no supo o no sabe apreciar. Pese a detestar mi condición de mitómano de causas perdidas, no puedo dejar de admirar a quien admiro.

Nietzsche, decía, y mi admiración por él. A su malditismo tengo que sumarle como  la teoría descabellada del eterno retorno. Él lo narra como fruto de una revelación. Los cínicos ya la habían enunciado siglos antes. Sea como fuere, desde el punto de vista literario es irresistible. El eterno retorno es la creencia de que estamos aquí, bajo este cielo y siguiendo los mismos senderos de manera perpetua, durante una eterna repetición del mundo. La creación y extinción del planeta se reproduce como una función teatral: una y otra vez los mismos actores interpretando el mismo guion, sin lugar a la improvisación más leve. Así, estaremos en cartel durante toda la eternidad. Nuestros pasos, según esto, no son nuevos, tampoco nuestras decisiones. Al caminar, simplemente perseguimos una estela invisible donde están imprimidas huellas pasadas y futuras. Es una incesante vuelta a las mismas calles para cruzamos con las mismas caras. Perseguirnos es nuestro destino.

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Rebote

El partido llegaba al descanso con el miserable empate a cero con el que había comenzado. Ya casi daba igual lo que hicieran aquellos apáticos jugadores en el rectángulo de juego. Podían irse al carajo, si querían. Seguramente ellos, el entrenador, y los cerca de diez mil aburridos espectadores, solo pensaban en que un gol provocado por una conjunción de astros propiciara la victoria local contra un equipo que militaba dos categorías por debajo y con el que no hacía demasiado había empatado con el mismo resultado actual. El gol, por tanto, daría el pase a la siguiente fase de la competición copera y permitiría al club unas navidades tranquilas, lejos del foco abrasador de la prensa más reaccionaria. Antes de llegar al estadio, sus compañeros de fatiga le habían comentado que el ambiente en torno al equipo seguía igual de apático que siempre, y eso que las cosas marchaban relativamente bien. Pero era algo que él ya sabía cuando se fue, hacía meses. Es el pesimismo que contamina el aire de esta ciudad, el que impide a la gente ilusionarse con nada, ni siquiera con algo tan propenso a provocar pequeñas y fugaces alegrías como el fútbol.

A decir verdad, no había prestado mucha atención al juego. Culpa de eso, sin duda, la tenían los cabellos rubios de una joven sentada apenas dos filas más abajo, los cuales habían estado allí cada fin de semana de los últimos dieciséis años. Se podría decir que aquella chica y él habían crecido juntos. De ella sabía que se llamaba Cristina porque se lo había oído al señor que la acompañaba desde que era un renacuajo, y que debía ser su padre. Sabía que fue una niña repelente y caprichosa porque durante algunos partidos, hace más de diez años, su padre había tenido que dejar el sagrado oficio de vociferar al árbitro, en mitad del segundo tiempo, para comprarle algunos paquetes de patatas fritas. Alguna vez incluso tuvo que sacarla del estadio cuando esta daba por concluido el espectáculo con sonoras quejas, quince minutos antes del final establecido por las normas del juego. Esa niña odiosa, con los años, se había convertido en una adolescente entusiasta del juego y, finalmente en una joven seguidora más bien relajada y, eso sí, siempre fiel a su cita con el equipo. También intuía que prefería arroparse ante el frío a ahogarse de calor, porque no había dejado de acudir ni un solo partido durante el invierno, pero se perdía los veraniegos inicios de temporada, quizás refugiada en algún lugar lejano a la sofocante ciudad. Y se había dado cuenta, con el paso de los años, de que compartían afición por algunos jugadores, normalmente denostados por el resto de la grada. Esos malditos que nunca llegaban a hilar una temporada notable, pero eran capaces de iluminar la noche más anodina con un único pase que desafíara las leyes de la física. Lo sabía, en efecto, por los dorsales que ella lucía en las camisetas con las que acudía al campo, seguramente obsequio de un padre con casi la misma devoción por el equipo de su vida que por la niña de su vida.

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El penúltimo asalto de Gattuso

El Milan tienen motivos para el entusiasmo. En la Serie A solo la Juventus está por encima de ellos, ayer certificaron el pase a octavos de final de la Champions League tras una ronda en la que incluso lograron plantarle cara al Barcelona y, lo que es más importante: el Inter vaga por los últimos puestos de la clasificación. Para mayor regocijo rossonero, la última ocurrencia de Moratti para salvar los muebles ha sido acudir a Claudio Ranieri. En Milanello no podrían marchar mejor las cosas.

A todo esto hay que sumarle dos grandiosas incorporaciones. Por un lado está el flamante fichaje de Tévez, el argentino que obró el milagro de unir a las aficiones rivales de Manchester por una causa común: desear al ‘apache’ una triste y dolorosa decadencia. Carlos Tévez aterriza en Milán para completar la mejor colección de delanteros del equipo en la última década y, de paso, para rejuvenecer el vestuario. El chaval solo tiene veintisiete años, un pipiolo al que adiestrar por los Seedorf (35), Inzaghi (38) o Nesta (35).

El otro que corretea por el campo de entrenamiento -si es que alguna vez dejó de hacerlo-, es Gennaro Gattuso. El veterano centrocampista ha pasado por un calvario este inicio de temporada. Hace ya tres meses que, en un partido contra la Lazio, tuvo que retirarse tras chocar con su compañero Nesta en una acción del partido. Un mes después convocaba una rueda de prensa para anunciar que sufría una lesión en un nervio craneal que le distorsionaba el campo de visión.

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Anarquía

Lo dijo Paddy Crerand, un viejo exjugador escocés: “si algún día las tácticas alcanzan la perfección el resultado será 0-0. Y no habrá nadie allí para verlo”. Mr. Crerand jugó en el Manchester United durante los gloriosos sesenta, siendo a la vez corazón y pulmón de un equipo que contaba con gente como Bobby Charlton y George Best. ‘Paddy’, además de todo eso, también puede apuntarse un título honorífico por la sentencia. De paso, deja ver que Best, Shankly o Ferguson no son los únicos con licencia en Reino Unido para figurar en los libros de citas.

En este angustioso fin de semana sin Liga -las selecciones, como las bicicletas, son para el verano- despunta un partido que quizás aglutine ante el televisor a un buen puñado de nostálgicos, de cuando al título opositaban tres y hasta cuatro equipos. En la esquina superior izquierda del mapa de la península, junto a la playa de Riazor, dos equipos gallegos volverán a verse las caras con el regusto agridulce que deja el recuerdo de tiempos mejores. Juan Carlos Valerón, futbolista que no jugador de fútbol -él mismo lo dijo- y capitán del Deportivo de La Coruña, guarda en sus botas la melancolía de quien aspiró el ambiente de estos partidos en la cumbre y ahora vaga en un exilio del que no sabe si volverá.

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¿Germa… qué?

Vergüenza infinita para Ferguson. Esa fue la condena al Sir escocés por el delito de la derrota. No una cualquiera, está claro, ni siquiera una escandalosa, como la que sugiere un resultado tan abultado como un 1-6. La pena, que solo se perdonará por fallecimiento del condenado, se impuso tras la perder el derby de Manchester. John Carlin lo explicaba hace unos días. El estruendo de los seis goles en Old Trafford retumbará en los tímpanos de los aficionados de uno y otro equipo durante generaciones. Los derbis son así. Al menos en la vieja Inglaterra, reticente a abandonar ciertas tradiciones tan crueles como la humillación continua al equipo vecino.

Algo parecido le pasará a Luis Enrique, solo que a este quizás nadie le avisó cuando cogió su maleta rumbo a Roma. Si tiene suerte en su aventura italiana llegará a acostumbrarse a estas cosas. Quizás llegue a triunfar en el calcio o es posible que simplemente salve los muebles con un puesto digno en la clasificación. Pero durante un tiempo -puede que demasiado- tendrá que cargar con la losa de haber caido en el primer derby de la capital contra la Lazio. En Roma los enfrentamientos entre giallorossi y biancazzurri constituyen una competición paralela en la que la vergogna y la gloria posteriores al partido son títulos mucho más duraderos que el metal de las copas.

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El Valencia y la literatura

Como en los días de vino y rosas, en los que el público gozaba de media hora viendo a un Jack Lemmon dentro de una fiesta perenne, empalmando las borracheras, sin saber en la cruel espiral de autodestrucción en la que se adentraban sus protagonistas, presos de un alcoholismo salvaje. Como en una locura de Aronofsky, en la que los personajes luchan con todas sus fuerzas por huir del abismo y con cada decisión no hacen sino correr más rápido hacia él. El final de la paranoia siempre nos muestra a individuos exhaustos, desorientados, sin tener ni puta idea de cómo han acabado en ese callejón sin salida.

Algo así -y perdónenme la dosis de tremendismo- le sucedió al Valencia CF en Leverkusen. La fotografía del encuentro en Alemania funciona como radiografía de un equipo que invita a la literatura, mucho más incluso de lo que lo hacía aquel Valencia campeón de todo de hace apenas unos años. Sigue leyendo

Polanyi y el negocio de la pelota

Los asesores económicos de pedigrí, con buena reputación en los gabinetes de gobierno, buscan la salida de la crisis económica en recetas cada vez más neoliberales, y deben sentir urticaria cuando repasan las teorías de John Maynard Keynes. Hace cincuenta años, tras la Segunda Guerra Mundial y con un escenario postapocalíptico, los gobiernos europeors echaron mano de las teorías keynesianas para salir del abismo. Simplificando, se trataba de que el Estado se colocara como motor de la economía, endeudándose creando, por ejemplo, infraestructuras incluso por encima de las necesidades. El objetivo era estimular el empleo desde dentro, para recuperar el dinamismo económico.

A día de hoy, el keynesianismo es repudiado por los gurús económicos. Hoy nuestra condena y salvación es ese oscuro demiurgo que es el mercado. Todo empieza y acaba en él. Y si Keynes fue enterrado, hablar de un tal Karl Polanyi es considerado una auténtica imbecilidad. Polanyi fue un pensador que vivió el convulso final del XIX y principio del XX. Justo en la época en que se imponía como teoría la mano invisible de Smith, por cierto. Polanyi expone que las dos guerras mundiales vienen provocadas por los terribles efectos del sistema capitalista de mercado, el cual solo es posible en una sociedad de mercado; esto es, una sociedad basada exclusivamente en valores mercantalistas. Ya saben, el carnicero no vende carne para saciar el hambre del cliente, sino porque espera una recompensa.

Así el capitalismo se quitará de enmedio todas las estructuras que resulten poco productivas. Por ejemplo, las del feudalismo, por una razón sencilla: es mucho más productivo el asalariado que el súbdito-esclavo. Y así sucesivamente, el mercado se despojará de trabas para culminar su proyecto de mercado global en una sociedad regida por él. El mercado es principio y fin, ¿les suena?

Comprender a Polanyi ayuda a comprender la deriva de nuestro fútbol: los conflictos con la radio, la abusivos derechos de televisión, la anodina competición y esas cosas. El deporte de la pelota es simplemente un apéndice más de esta sociedad de mercado, si bien también es uno de sus máximos exponentes.

Si alguien se pregunta por qué la LFP obliga a las radios a pagar un canon o por qué, por ejemplo, Mestalla aparecía medio vacío en un partido de Champions contra el Chelsea, que recuerde a Polanyi. Sigue leyendo

Aquella explosión blaugrana

Recuerdo bien aquella jornada. Fue un día particularmente caluroso de principios de otoño. En la tele solo se hablaba de elecciones y de la crisis: el paro era el pan de cada día y eso que llamaban los mercados solo frenaba su caída al abismo durante los balsámicos fines de semana. En la ciudad, la gente aprovechaba el veranillo de San Martín para acercarse a la playa, disfrutar del sol y de la brisa del Mediterráneo; pequeños placeres sin IVA que suponían un paréntesis en la amarga rutina de lunes al sol y martes en el sofá en la que se hallaba gran parte de la población.

A eso de las seis de esa tarde del domingo se produjo un hecho que quizás solo los aficionados y algunos memoriosos cronistas deportivos recuerden: el Levante UD alcanzó el liderato de la primera división. El equipo más pobre del campeonato, lastrado por un pasado de penurias económicas y con leyenda de club desgraciado, ganaba al Betis de Sevilla y, en la jornada siete, se ponía al frente de la competición. Juanlu, un kamikaze bajito y zurdo, marcaría en el minuto treinta y dos de encuentro el gol con el que alcanzaría el primer puesto un conjunto que seis semanas antes miraba al cielo, pidiendo un poquito de ayuda divina para obrar de nuevo el milagro de permanecer en primera.

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