Retorno

De los filósofos que invadieron mi estantería el último año de instituto, al que recuerdo con más claridad es a Nietzsche. Por su aura de maldito, supongo. La fascinación hacia quienes han tenido una vida desgraciada es uno de mis peores defectos. Lo digo con sinceridad: idealizar a personajes con una historia convulsa conduce a irritantes ejercicios de pedantería, con tal de poner de relieve el inmenso talento que la mayoría no supo o no sabe apreciar. Pese a detestar mi condición de mitómano de causas perdidas, no puedo dejar de admirar a quien admiro.

Nietzsche, decía, y mi admiración por él. A su malditismo tengo que sumarle como  la teoría descabellada del eterno retorno. Él lo narra como fruto de una revelación. Los cínicos ya la habían enunciado siglos antes. Sea como fuere, desde el punto de vista literario es irresistible. El eterno retorno es la creencia de que estamos aquí, bajo este cielo y siguiendo los mismos senderos de manera perpetua, durante una eterna repetición del mundo. La creación y extinción del planeta se reproduce como una función teatral: una y otra vez los mismos actores interpretando el mismo guion, sin lugar a la improvisación más leve. Así, estaremos en cartel durante toda la eternidad. Nuestros pasos, según esto, no son nuevos, tampoco nuestras decisiones. Al caminar, simplemente perseguimos una estela invisible donde están imprimidas huellas pasadas y futuras. Es una incesante vuelta a las mismas calles para cruzamos con las mismas caras. Perseguirnos es nuestro destino.

Y qué narices tendrá que ver esta fanfarria con la pelota que aparece en la cabecera del blog. Que les pregunten a Henry y Scholes si cuando se anudaban los cordones de las botas el pasado fin de semana no les invadía una inevitable sensación de dejavú, de sentir que llevan escenificando el mismo papel durante incontables vidas. Ambos jugadores habían dejado fluir el río por otro cauce. Hasta hace dos meses. Thierry Henry, 34 años y jugador de los New York Red Bulls, volvió al Arsenal que le vio triunfar durante la primera década del siglo XXI. Paul Scholes, 37 años y ya retirado, volvió a ocupar el centro del campo del Manchester United, su hábitat natural durante dieciséis años. En ambos el eterno retorno se evidencia como una persecución infinita de los partidos que ya jugaron en otro tiempo, en esta vida o en otra. Los mismos campos, los mismos goles, las mismas patadas, heridas, gritos al cielo, lamentos y sonrisas de alivio. Los mismos triunfos e idénticas sensaciones de fracaso.

Henry, igualmente rapado, como cuando abandonó Londres, pero con una barba que recuerda que ya no es el mismo, regresó en el parón invernal de su equipo norteamericano. Lo hizo por tan solo dos meses, el tiempo de permiso que le conceden sus actuales jefes. ¿Qué empuja a un jugador a retornar a su origen para pasar dos intrascendentes meses de invierno, sin siquiera una final a la vista? No el dinero, no en el caso de quienes lo han acumulado a montones por ser uno de los jugadores más cotizados de la última década. El caso es que Thierry volvió un ocho de enero y se marchó esta misma semana, tras un último partido de Champions League. El francés ha disputado siete partidos, acumulando un total de ciento treinta y séis minutos. En ese tiempo, el equivalente a partido y medio, ha marcado tres goles: dos en liga, uno en copa. Además de tener con toda seguridad el promedio goleador más alto del continente (marca cada cuarenta y cinco minutos), dos de sus tantos han sido los que han dado la victoria a su equipo.

Henry, el hombre que conquistó el mundo desde Londres, que marchó a Barcelona para disfrutar de una dulce decadencia en el mejor equipo posible y que iba a poner punto final a su carrera con una aventura transoceánica, no escapó a la enigmática fuerza que le ha llevado a correr sobre sus propias huellas imprimidas en un estadio que ya era solo parte de su recuerdo.

Paradigmático resulta el otro caso. Paul Scholes, un tipo cerca de la cuarentena, campeón de todo en su equipo, elogiado hasta la saciedad por compañeros y aficionados, decidió el año pasado que lo dejaba. Ferguson, entrenador y amigo -dicen que ve en él a su sucesor-, le pidió que no lo hiciera, que él sabía que aún le quedaba cuerda para dirigir al conjunto de Old Trafford. Paul declinó la oferta, pero cuando inició el nuevo curso fue incapaz de resistirse a calzarse las botas para entrenarse con el conjunto de reservas. Para mantenerse en forma, quizás, o para amortiguar la retirada, pensarían en su casa. Sin embargo, cuando se abrió el mercado de invierno, el ManU anunció la nueva incorporación del primer equipo: Scholes volvía al fútbol de grandes estadios, seis meses después de su retirada. Hasta la fecha ha jugado casi todos los encuentros del United. En algunos de ellos, como el pasado contra el Liverpool, aguantó los noventa minutos en el césped. Los mismos pases, los mismos robos de balón. A su lado incluso los mismos compañeros, especialmente si mira a su izquierda, donde habita el incansable Ryan Giggs, alguien al que, tras veintidós años llevando la elástica red, no le hace falta irse y volver para reconocer a su sombra sentada en el banquillo del vestuario.

No es el dinero ni la gloria lo que devuelve a tipos como Scholes o Henry al estadio que les acogió durante tantas tardes de domingo. Debe ser algo más complejo o más sencillo, algo, tal vez, que escapa a nuestra comprensión, que llevamos haciendo durante infinitas vidas, que nos pone una y otra vez ante las mismas encrucijadas, que nos hace saborear los mismos instantes y padecer el mismo dolor tantas veces padecido. Una inagotable persecución de lo que fuimos, tal vez. Un eterno retorno sin sentido y sin remedio.

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