El penúltimo asalto de Gattuso

El Milan tienen motivos para el entusiasmo. En la Serie A solo la Juventus está por encima de ellos, ayer certificaron el pase a octavos de final de la Champions League tras una ronda en la que incluso lograron plantarle cara al Barcelona y, lo que es más importante: el Inter vaga por los últimos puestos de la clasificación. Para mayor regocijo rossonero, la última ocurrencia de Moratti para salvar los muebles ha sido acudir a Claudio Ranieri. En Milanello no podrían marchar mejor las cosas.

A todo esto hay que sumarle dos grandiosas incorporaciones. Por un lado está el flamante fichaje de Tévez, el argentino que obró el milagro de unir a las aficiones rivales de Manchester por una causa común: desear al ‘apache’ una triste y dolorosa decadencia. Carlos Tévez aterriza en Milán para completar la mejor colección de delanteros del equipo en la última década y, de paso, para rejuvenecer el vestuario. El chaval solo tiene veintisiete años, un pipiolo al que adiestrar por los Seedorf (35), Inzaghi (38) o Nesta (35).

El otro que corretea por el campo de entrenamiento -si es que alguna vez dejó de hacerlo-, es Gennaro Gattuso. El veterano centrocampista ha pasado por un calvario este inicio de temporada. Hace ya tres meses que, en un partido contra la Lazio, tuvo que retirarse tras chocar con su compañero Nesta en una acción del partido. Un mes después convocaba una rueda de prensa para anunciar que sufría una lesión en un nervio craneal que le distorsionaba el campo de visión.

Apareció en la sala de prensa con unas gafas de pasta, la coleta bien recogida y un aire de confusión en su mirada que poco tenía que ver con la imagen de guerrero espartano que proyecta cuando salta al césped. “Cuando choqué con Nesta me di cuenta de la gravedad de la cosa y pedí el cambio. Choqué con él porque ni siquiera lo vi. Y pensé ‘joder, si no veo a un compañero mío es que es grave’”, reconocía Gattuso, aún perturbado por el recuerdo. Durante todo el partido había jugado al tiempo que esquivaba las manchas que aparecían ante sus narices; sus ojos llegaron a duplicar al gigantón Ibrahimovic. Sin embargo, en medio de esa orgía de alucinaciones, una vocecilla le impelía mantenerse en el campo, firme hasta que la evidencia le aplastara contra el césped.

Esa voz ha acompañado a Gattuso durante toda su carrera. El que hoy es símbolo de la escuadra rossonera un día fue un chaval fortachón, nacido en las entrañas de Calabria, que tuvo que decidir entre el fútbol y el rugby. Apostó por el calcio y, obviamente, se equivocó. Un físico superdotado y una fe en sí mismo del tamaño de su mandíbula no parecían suficientes credenciales para llevarlo a la cumbre. Y sin embargo… La vocecilla le debió decir que siguiera corriendo y yendo al barro, hasta que la pelota fuera suya, que se levantara y alzara la vista ante rivales más altos, mejor dotados, incluso más listos que él. Y que apretara los dientes. La mismo voz le llevó a abandonar Italia para jugar la Scottish Premier League en el Glasgow Rangers. También le llevó de regreso a la humilde Salinernitana y de ahí, con veintiún años, a vestirse de rojo y negro, y de azul eléctrico, también.

Gattuso es un futbolista con alma -también físico- de boxeador. Igual que los grandes púgiles, posee una obcecada convicción por mantenerse entero en el campo, aunque todo vaya mal, a pesar de estar encajando golpes como un saco. Cuando el equipo se resquebraja, Gattuso redobla sus carreras; si el equipo languidece, Gennaro aúlla, ordena, golpa, se retuerce. El suyo es un constante ejercicio de supervivencia. Lo de gritar lo debe hacer en un idioma extraño, sin dejar de apretar los dientes, de ahí su apodo: ‘Ringhio’ (gruñido). Dicen que Joe Frazier, en el que fuera el combate más fiero de la historia del boxeo frente a Muhammad Alí, se encontraba malherido en su esquina del cuadrilátero, después de catorce salvajes asaltos, sin apenas una rendija entre su inflado rostro por el que ver a su oponente. Frazier, a punto de ver una luz al final del camino, le dijo a su entrenador: “si tú me lo pides, salgo ahí y sigo pegándole”.

La misma furiosa determinación obliga a Rino a continuar corriendo en medio de un paisaje borroso. Solo así se explica que un jugador sin ninguna otra característica reseñable haya llegado a ser incluido en un once ideal de un mundial. El mismo que, por cierto, coronó a su selección como campeona del mundo. Luis Aragonés, en la Eurocopa de 2008, dijo que si Gattuso era la referencia de Italia, él era cura. Gattuso le dio la razón, pero debe intuir que algo de tótem tiene cuando, en los minutos previos a los partidos en Milán, esprinta y ruge mientras el resto de jugadores calientan, y San Siro enloquece.

Cuando anunció que tenía que dejar momentáneamente el equipo por su lesión en el sexto nervio craneal, muchos especularon con su futuro. Si el problema no se esfumaba solo, quizás habría que operar. La temporada podría haber acabado para el bueno de Gennaro, y con treinta y tres años y un contrato que expira en junio, un susurrado arrivederci sobrevolaba las noches del viejo boxeador. Los doctores le dieron un plazo de seis meses para que sus ojo recuperara la normalidad. Solo han pasado dos. En todo este tiempo, Gattuso no ha dejado de correr en la cinta de Milanello. Hace unos cuantos días se volvía a entrenar con sus compañeros, suponemos que sin manchas ni visiones dobles. Gattuso asegura que se ha mantenido en forma. No ha tocado la pelota pero eso es lo de menos. No la necesita, lo suyo es subirse al ring, mantenerse firme, apretar los dientes y nunca dejar de correr. Gennaro ‘Gruñido’ Gattuso se prepara para el decimoquinto asalto.

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