Rebote

El partido llegaba al descanso con el miserable empate a cero con el que había comenzado. Ya casi daba igual lo que hicieran aquellos apáticos jugadores en el rectángulo de juego. Podían irse al carajo, si querían. Seguramente ellos, el entrenador, y los cerca de diez mil aburridos espectadores, solo pensaban en que un gol provocado por una conjunción de astros propiciara la victoria local contra un equipo que militaba dos categorías por debajo y con el que no hacía demasiado había empatado con el mismo resultado actual. El gol, por tanto, daría el pase a la siguiente fase de la competición copera y permitiría al club unas navidades tranquilas, lejos del foco abrasador de la prensa más reaccionaria. Antes de llegar al estadio, sus compañeros de fatiga le habían comentado que el ambiente en torno al equipo seguía igual de apático que siempre, y eso que las cosas marchaban relativamente bien. Pero era algo que él ya sabía cuando se fue, hacía meses. Es el pesimismo que contamina el aire de esta ciudad, el que impide a la gente ilusionarse con nada, ni siquiera con algo tan propenso a provocar pequeñas y fugaces alegrías como el fútbol.

A decir verdad, no había prestado mucha atención al juego. Culpa de eso, sin duda, la tenían los cabellos rubios de una joven sentada apenas dos filas más abajo, los cuales habían estado allí cada fin de semana de los últimos dieciséis años. Se podría decir que aquella chica y él habían crecido juntos. De ella sabía que se llamaba Cristina porque se lo había oído al señor que la acompañaba desde que era un renacuajo, y que debía ser su padre. Sabía que fue una niña repelente y caprichosa porque durante algunos partidos, hace más de diez años, su padre había tenido que dejar el sagrado oficio de vociferar al árbitro, en mitad del segundo tiempo, para comprarle algunos paquetes de patatas fritas. Alguna vez incluso tuvo que sacarla del estadio cuando esta daba por concluido el espectáculo con sonoras quejas, quince minutos antes del final establecido por las normas del juego. Esa niña odiosa, con los años, se había convertido en una adolescente entusiasta del juego y, finalmente en una joven seguidora más bien relajada y, eso sí, siempre fiel a su cita con el equipo. También intuía que prefería arroparse ante el frío a ahogarse de calor, porque no había dejado de acudir ni un solo partido durante el invierno, pero se perdía los veraniegos inicios de temporada, quizás refugiada en algún lugar lejano a la sofocante ciudad. Y se había dado cuenta, con el paso de los años, de que compartían afición por algunos jugadores, normalmente denostados por el resto de la grada. Esos malditos que nunca llegaban a hilar una temporada notable, pero eran capaces de iluminar la noche más anodina con un único pase que desafíara las leyes de la física. Lo sabía, en efecto, por los dorsales que ella lucía en las camisetas con las que acudía al campo, seguramente obsequio de un padre con casi la misma devoción por el equipo de su vida que por la niña de su vida.

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La felicitat és possible

En un dia com aquest on els tòpics ens porten als bons sentiments i pregonar al vent els millors desitjos, al món del futbol, qui millor que en Pep Guardiola per representar tot això. La comparació nadalenca és facilona però no del tot inexacta en una persona que, com el Pare Nöel o el propi Caga Tió, ha fet tants regals i ha generat tanta il·lusió a moltíssima gent. Al futbol, l’empremta de Guardiola romandrà no solament per ser un Pare Nöel, fervent idealista del futbol d’atac, sinó de demostrar, per sempre, que aquest és possible. De tancar –de moment almenys, la batalla entre el bé i el mal sembla eterna –el vell debat que condemnava el futbol entre jugar bé i guanyar.

Guardiola és una llegenda del Barça des que els blaugranes el van conéixer. Aquell xaval espigat va convertir-se en el 4 del Dream Team de Cruyff. L’holandès no va patir quan el cervell de l’equip, Luis Milla, enfilava la meseta cap al Real Madrid. En tinc un de millor, va dir. Com s’ha dit tantes vegades, Guardiola no tenia ni un físic ni una tècnica privilegiades. Era el seu cap allò privilegiat. Però no solament per la intel·ligència que li dotava del criteri per dirigir l’equip, sinó també per la passió pel joc (en anglès, the beautiful game), que com apunta David Trueba en un impressionant retrat seu, té arrels profundes.

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Una tarde

La tarde del 10 de diciembre de 2011 fue una tarde intrascendente que sólo esperaba a convertirse en noche, en la que el aire flotaba mientras la ciudad se hacía brillante y los bares se llenaban. Se jugó aquel día un Madrid-Barça. Uno más, tan intrascendente como aquella tarde. En los telediarios contaban las horas desde días atrás, y yo estaba a punto de vomitar de sobredosis bipartidista.

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El penúltimo asalto de Gattuso

El Milan tienen motivos para el entusiasmo. En la Serie A solo la Juventus está por encima de ellos, ayer certificaron el pase a octavos de final de la Champions League tras una ronda en la que incluso lograron plantarle cara al Barcelona y, lo que es más importante: el Inter vaga por los últimos puestos de la clasificación. Para mayor regocijo rossonero, la última ocurrencia de Moratti para salvar los muebles ha sido acudir a Claudio Ranieri. En Milanello no podrían marchar mejor las cosas.

A todo esto hay que sumarle dos grandiosas incorporaciones. Por un lado está el flamante fichaje de Tévez, el argentino que obró el milagro de unir a las aficiones rivales de Manchester por una causa común: desear al ‘apache’ una triste y dolorosa decadencia. Carlos Tévez aterriza en Milán para completar la mejor colección de delanteros del equipo en la última década y, de paso, para rejuvenecer el vestuario. El chaval solo tiene veintisiete años, un pipiolo al que adiestrar por los Seedorf (35), Inzaghi (38) o Nesta (35).

El otro que corretea por el campo de entrenamiento -si es que alguna vez dejó de hacerlo-, es Gennaro Gattuso. El veterano centrocampista ha pasado por un calvario este inicio de temporada. Hace ya tres meses que, en un partido contra la Lazio, tuvo que retirarse tras chocar con su compañero Nesta en una acción del partido. Un mes después convocaba una rueda de prensa para anunciar que sufría una lesión en un nervio craneal que le distorsionaba el campo de visión.

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