Anarquía

Lo dijo Paddy Crerand, un viejo exjugador escocés: “si algún día las tácticas alcanzan la perfección el resultado será 0-0. Y no habrá nadie allí para verlo”. Mr. Crerand jugó en el Manchester United durante los gloriosos sesenta, siendo a la vez corazón y pulmón de un equipo que contaba con gente como Bobby Charlton y George Best. ‘Paddy’, además de todo eso, también puede apuntarse un título honorífico por la sentencia. De paso, deja ver que Best, Shankly o Ferguson no son los únicos con licencia en Reino Unido para figurar en los libros de citas.

En este angustioso fin de semana sin Liga -las selecciones, como las bicicletas, son para el verano- despunta un partido que quizás aglutine ante el televisor a un buen puñado de nostálgicos, de cuando al título opositaban tres y hasta cuatro equipos. En la esquina superior izquierda del mapa de la península, junto a la playa de Riazor, dos equipos gallegos volverán a verse las caras con el regusto agridulce que deja el recuerdo de tiempos mejores. Juan Carlos Valerón, futbolista que no jugador de fútbol -él mismo lo dijo- y capitán del Deportivo de La Coruña, guarda en sus botas la melancolía de quien aspiró el ambiente de estos partidos en la cumbre y ahora vaga en un exilio del que no sabe si volverá.

Recuperemos la cita de Paddy Crerand, porque nos lleva a otra más reciente. Presta para el gran partido gallego ha llegado la voz de un cuarentón Djalma Feitosa Dias, Djalminha, quien fuera protagonista de los Depor-Celta antes del descalabro de ambos conjuntos. Cuando la táctica se imponga definitivamente, será momento de echar el cierre, que diría Crerant o, lo que es lo mismo, “no hay fútbol sin anarquía”, como ha recordado Djalminha esta semana. También ha vuelto para decir que no se arrepiente ni de sus collejas a Mostovoi ni de su cabezazo a Irureta. En definitiva, Djalma es un anarquista convencido.

Si hoy pudiéramos ver un partido de fútbol sentados en una nube, no tardaríamos en darnos cuenta de que lo que se impone en el terreno de juego es la geometría. Partiendo de las líneas que delimitan el campo, los jugadores trazan líneas paralelas, diagonales, transversales, se forman en rombo y triangulan. Los mecanismos están perfectamente automatizados, desde las pizarras de los vestuarios se pretende no dejar el mínimo resquicio a la improvisación.

Ocurre que hay jugadores que no entienden la geometría del fútbol o pasan olímpicamente de sus preceptos. Cada vez menos, pero los hay. Tipos como el italiano Antonio Cassano, enemigo del orden en toda su expresión, del fútbol rectilíneo, espécimen que campa por el terreno a su antojo, trazando líenas oblicuas, retorciendo las jugadas más sencillas y simplificando las situaciones más complejas. Hace básicamente lo que les viene en gana. Talentino, quien ahora se recupera de un ictus en el corazón, era el único feliz disparate que los aficionados del calcio podían llevarse a la boca. Además, al ritmo que dictaba su instinto de funambulista, llevó a la Sampdoria a disputar la previa de la Champions League. Hoy el equipo de Gènova pena en la Serie B. Como el Depor en el que hace no tanto brillaron tipos como Rivaldo y el propio Djalminha. Este último, especialmente promiscuo en la filigrana en los partidos de envergadura, dejó magníficas huellas de talento, como aquella lambretta que se inventó en el borde del área en un partido contra el Real Madrid. Todos son herederos de esa irreverente casta de individuos que esta semana reivindicaba el retirado Djalma con cinco palabras: no hay fútbol sin anarquía.

A menudo coincide que estos jugadores son también lenguaraces, abusones, ególatras; rasgos que les hacen protagonizar capítulos futbolísticos más allá de sus habilidades con el balón. Djalma lo fue en alguno de ellos. Cabezazos a un lado, hay un relato que permanece en el imaginario colectivo de todos los aficionados gallegos. Sucedió en Riazor, en diciembre de 1999, en un Depor-Celta de primera. El partido andaba enfangado y Mauro Silva, capitán de los coruñeses, se dio cuenta de que los celestes tomaban la iniciativa. Silva se acercó a su compañero Djalma y le pidió que hiciera algo. El capitán quizás pensara en alguna genialidad, o no, quién sabe. Djalminha lo entendió a su manera. En el equipo vigués estaban por entonces dos rusos de carácter básicamente ruso: ni Karpin ni Mosotovoi serán recordados por ser especialmente afables o conciliadores. Así que Djalminha, para alterar el orden de las cosas, cada vez que se acercaba a Mostovoi, le dedicaba un “¡viva Chechenia!” -la guerra entre rusos y chechenos en los noventa dejó unos 150 000 muertos-. A esto añadió, en un momento de confusión, una colleja al ruso. El caos estalló definitivamente en el terreno de juego, entre las burlas de uno y la ira de otro, el Zar, fuera de control. Djalma había actuado y el orden saltaba por los aires. El partido lo ganaron los blanquiazules el año que, por cierto, también se llevarían el campeonato de liga.

El día que las pizarras se impongan definitivamente el silencio será el único testigo de un deporte moribundo. Un deporte que siempre ha vivido, fundamentalmente, en las botas y la cabeza de tipos como Djalminha.

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