¿Germa… qué?

Vergüenza infinita para Ferguson. Esa fue la condena al Sir escocés por el delito de la derrota. No una cualquiera, está claro, ni siquiera una escandalosa, como la que sugiere un resultado tan abultado como un 1-6. La pena, que solo se perdonará por fallecimiento del condenado, se impuso tras la perder el derby de Manchester. John Carlin lo explicaba hace unos días. El estruendo de los seis goles en Old Trafford retumbará en los tímpanos de los aficionados de uno y otro equipo durante generaciones. Los derbis son así. Al menos en la vieja Inglaterra, reticente a abandonar ciertas tradiciones tan crueles como la humillación continua al equipo vecino.

Algo parecido le pasará a Luis Enrique, solo que a este quizás nadie le avisó cuando cogió su maleta rumbo a Roma. Si tiene suerte en su aventura italiana llegará a acostumbrarse a estas cosas. Quizás llegue a triunfar en el calcio o es posible que simplemente salve los muebles con un puesto digno en la clasificación. Pero durante un tiempo -puede que demasiado- tendrá que cargar con la losa de haber caido en el primer derby de la capital contra la Lazio. En Roma los enfrentamientos entre giallorossi y biancazzurri constituyen una competición paralela en la que la vergogna y la gloria posteriores al partido son títulos mucho más duraderos que el metal de las copas.

La crueldad con el vecino en lugares como Roma o Manchester muchas veces se ha materializado en violencia salvaje entre las aficiones y suele canalizarse en forma de insultos soeces en las gradas. Pero también, en muchas ocasiones, ha estado cargada de ingenio. Precisamente en el penúltimo renglón de los enfrentamientos romanos, figura la tortura a la que tienen sometido los tifosi biancazzurri al delantero romanista Osvaldo. Este, tras marcar un gol a los cinco minutos de encuentro, mostró una camiseta en la que lucía el mensaje “vi ho purgato anch’ io” (yo también os he castigado). Medio provocación medio homenaje a Francesco Totti, mito con patas para los romanistas que mostró la misma sentencia en un derbi en 1999, la gracia se volvió contra el propio Osvaldo cuando el conjunto celeste remontó el encuentro. Los chistes y carcajadas de i laziali perseguirán al pobre Osvaldo aun cuando se haya retirado. Enric González relata otro episodio magnífico en su Historias del Calcio precisamente en un derbi de la capital transalpina. Búsquenlo y, de paso, devoren el libro entero.

Por otra parte, Ferguson, general de las tropas de Old Trafford, es un individuo que se ha pasado media vida burlándose del vecino. Sir Alex es un tipo inteligente, pero no demasiado gracioso, como sí lo era un tal Bill Shankly: ya saben, el hombre que además de maestro de la ironía era entrenador del Liverpool, y confesaba que cuando se aburría echaba un ojo a la parte baja de la clasificación para ver qué tal andaba el eterno rival, el Everton.

En definitiva, la pugna entre equipos vecinos forma parte indispensable de la literatura futbolística. Literatura que, como la vieja esencia del deporte de la pelota -la que guarda el hincha tras las costillas- se diluye en la modernidad, con increible celeridad en el caso de España, al tiempo que se desarrolla ese fútbol de palcos vip. En una competición en la que se reduce todo a un eterno enfrentamiento entre Madrid y Barcelona, darle valor a un derbi que casi siempre acabará en goleada carece de sentido. Valencia será escenario precisamente del primer derbi de la Liga. En la cronología de la rivalidad entre los dos equipos del cap i casal hay también capítulos memorables. Seguramente todos recuerden el del gato y la palmera. Pero hubo más, como aquella esquela que unos aficionados ché dedicaron al eterno rival en el periódico tras un descenso a segunda, o la procesión que los levantinistas realizaron, cargados con un ataúd blanco, in memoriam de un recién descendido Valencia.

Seamos honestos, aquello se perdió, víctima de la liga de las estrellas y de una corrección política insólita, que confunde cualquier atisbo de ironía, burla, menosprecio o sorna, con el preludio de una catástrofe violenta entre aficiones. Para evitar las hostias se sacrifica cualquier expresión que pueda herir sensibilidades y, en última instancia, hasta el sentido del humor. Todo en pro de un concepto tan inocente como ridículo como el de la germanor. Antes del partido se predica la filosofía del apretón de manos, cuando todos los actores son conscientes de que durante el espectáculo insultarán, presionarán al árbitro y trampearán todo lo posible para conseguir la victoria.

Esta vez, sin embargo, hay esperanza para los aburridos cronistas deportivos: ambos equipos están pegados en la clasificación y la fricción puede provocar chispazos dialécticos. Solo así es posible que algún jugador mande la corrección política al carajo y nos alumbre con una sentencia memorable, algo que contar a los que, dentro de unos años, ni siquiera entiendan qué demonios es un derbi.

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