El Valencia y la literatura

Como en los días de vino y rosas, en los que el público gozaba de media hora viendo a un Jack Lemmon dentro de una fiesta perenne, empalmando las borracheras, sin saber en la cruel espiral de autodestrucción en la que se adentraban sus protagonistas, presos de un alcoholismo salvaje. Como en una locura de Aronofsky, en la que los personajes luchan con todas sus fuerzas por huir del abismo y con cada decisión no hacen sino correr más rápido hacia él. El final de la paranoia siempre nos muestra a individuos exhaustos, desorientados, sin tener ni puta idea de cómo han acabado en ese callejón sin salida.

Algo así -y perdónenme la dosis de tremendismo- le sucedió al Valencia CF en Leverkusen. La fotografía del encuentro en Alemania funciona como radiografía de un equipo que invita a la literatura, mucho más incluso de lo que lo hacía aquel Valencia campeón de todo de hace apenas unos años.

El Valencia fue un equipo orgulloso, gigantón, seguro de sí mismo, que durante primera parte de la década del dos mil paseó por los campos mirando con desdén a los rivales, sin fijarse en su etiqueta, convencido de que su ideario de martillo pilón era suficiente para finiquitar cualquier vicisitud. Se construyó una leyenda de equipo de rectitud inquebrantable, gracias a la imagen de implacable de su entrenador, Rafael Benítez, y de jugadores como el argentino Roberto Ayala o David Albelda. Su historia es similar a la de tantos triunfadores en la jungla capitalista, paradigma del hombre made-himself, que sorprende a los viejos líderes de la manada y acaba imponiendo su propia ley.

Olviden ahora todo aquello. El Valencia de hoy tiene su propia personalidad, y esta se reflejó una vez más el pasado miércoles. Nada tiene que ver con el todopoderoso leviatán de Benítez, no es un triunfador, pero desprende un rastro de magia reseñable.

El equipo de Emery juega al fútbol como un joven entusiasta y preso de grandes emociones, a menudo contradictorias. Es un equipo con un talento rabioso, capaz de una explosión de fútbol llena de virtuosismo, como el de al primera media hora en Alemania. Sale al campo a jugar el balón como un amante enloquecido, en busca del frenesí del gol. Suele encontrarlo. Ocurre que después, como un adolescente tras su primer orgasmo, queda tendido boca arriba, jadeando y perdido en la inmensidad de lo que acaba de ocurrirle. Sucedió así en Leverkusen: consiguió el gol y automáticamente se deshizo en mil pedazos, desorientado e incapaz de comprender las propias reglas del juego. Perdió el partido porque se perdió en sí mismo.

Así es este Valencia, que no comprende la competición. Solo el éxtasis momentáneo que da el gol. Es también un equipo ciclotímico, subido constantemente en una montaña rusa, incapaz de controlar sus instintos de amor y muerte. Cuando se sitúa en una cuesta ascendente, parece imparable. Acuérdense del partido contra el Barcelona, en la que parecía un equipo fuera de sí, jugando con una energía desbordante hasta que se vació. Cuando comienza el descenso, posee una capacidad insólita para desvertebrase, olvidarse del encuentro y perderse en su propia melancolía.

Si el exponente de aquel grupo campeón eran tipos como Ayala o Albelda, la personalidad del equipo a día de hoy la refleja como nadie Éver Banega. El mediocentro argentino es un jugador genuino: cuando está inspirado hay muy pocos como él, capaces de darle sentido al caos que suele poblar un campo de fútbol, además, posee un toque exquisito. Sin embargo, su increible talento para entender la geometría de este deporte, solo es comparable a su habilidad para poner nerviosos a entrenador y directiva. Fuera del campo es un tipo con desapego a la disciplina de un club; dentro de él, talento al margen, hace patente su desinterés cuando la cita no le parece demasiado atractiva. Entonces su fútbol se vuelve incomprensible, retorcido, y en él comienza el ritual de suicidio colectivo.

El Valencia ya no es el caballo de Atila que fue con Benítez, aunque para ser justos tampoco es la tragedia de los días de vino y rosas ni de las crueles historias de Aronofsky. Por acabar con otra analogía, el Valencia se parece mucho al Joaquin Phoenix bipolar en Two Lovers. Un amante desolado que hace el amor y llora a la vez, un suicida que quiere vivir, una auténtica contradicción. No acumula medallas, pero sus pequeñas victorias provocan enormes escalofríos de emoción. Hay mucha literatura en este equipo.

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