Polanyi y el negocio de la pelota

Los asesores económicos de pedigrí, con buena reputación en los gabinetes de gobierno, buscan la salida de la crisis económica en recetas cada vez más neoliberales, y deben sentir urticaria cuando repasan las teorías de John Maynard Keynes. Hace cincuenta años, tras la Segunda Guerra Mundial y con un escenario postapocalíptico, los gobiernos europeors echaron mano de las teorías keynesianas para salir del abismo. Simplificando, se trataba de que el Estado se colocara como motor de la economía, endeudándose creando, por ejemplo, infraestructuras incluso por encima de las necesidades. El objetivo era estimular el empleo desde dentro, para recuperar el dinamismo económico.

A día de hoy, el keynesianismo es repudiado por los gurús económicos. Hoy nuestra condena y salvación es ese oscuro demiurgo que es el mercado. Todo empieza y acaba en él. Y si Keynes fue enterrado, hablar de un tal Karl Polanyi es considerado una auténtica imbecilidad. Polanyi fue un pensador que vivió el convulso final del XIX y principio del XX. Justo en la época en que se imponía como teoría la mano invisible de Smith, por cierto. Polanyi expone que las dos guerras mundiales vienen provocadas por los terribles efectos del sistema capitalista de mercado, el cual solo es posible en una sociedad de mercado; esto es, una sociedad basada exclusivamente en valores mercantalistas. Ya saben, el carnicero no vende carne para saciar el hambre del cliente, sino porque espera una recompensa.

Así el capitalismo se quitará de enmedio todas las estructuras que resulten poco productivas. Por ejemplo, las del feudalismo, por una razón sencilla: es mucho más productivo el asalariado que el súbdito-esclavo. Y así sucesivamente, el mercado se despojará de trabas para culminar su proyecto de mercado global en una sociedad regida por él. El mercado es principio y fin, ¿les suena?

Comprender a Polanyi ayuda a comprender la deriva de nuestro fútbol: los conflictos con la radio, la abusivos derechos de televisión, la anodina competición y esas cosas. El deporte de la pelota es simplemente un apéndice más de esta sociedad de mercado, si bien también es uno de sus máximos exponentes.

Si alguien se pregunta por qué la LFP obliga a las radios a pagar un canon o por qué, por ejemplo, Mestalla aparecía medio vacío en un partido de Champions contra el Chelsea, que recuerde a Polanyi. El fútbol comenzó siendo un deporte de clases humildes, denostado incluso por la aristocracia, lejos de lo que es hoy. Como todo lo que tiene éxito, fue absorbido por el sistema y convertido en espectáculo de masas. Ahora, el fútbol está dentro de la rueda capitalista, dentro de la cual o coges velocidad o te quedas al margen. El único objetivo de los clubes de fútbol es acumular dinero, acumularlo de una manera brutal. Y en esa carrera, el hincha, antes base incuestionable de este deporte, ha pasado a ser prescindible. También lo es la radio, sin ella es imposible explicar el auge de este deporte en el siglo XX, pero el gratuito intercambio de publicidad ha dejado de ser un negocio rentable para quienes gobiernan los clubes. Seamos sinceros, las radios necesitan mucho más al balón de lo que los dueños del balón las necesitan a ellas. De la misma manera, estos tampoco necesitan al tipo que paga un billete para ir al campo. A la directiva del Valencia le resulta más rentable un campo medio lleno de individuos apáticos capaces de pagar setenta euros por un partido que un estadio repleto hasta la bandera por el módico precio de veinte euros.

Hinchas y radios, antes imprescindibles, hoy despreciados por el fútbol

A decir verdad, el único matrimonio interesante para los clubes es el de la televisión. Esta es la única capaz de llenarles las arcas, aunque ello suponga su propia ruina. El fútbol no necesita hinchas que animen al equipo, necsita televidentes. La ‘audiencia’ es a la única a la que rinden pleitesía.

Si las radios que no pagan y los hinchas les resultan una traba, también lo es la propia competición. Solo así se explica que dos equipos sigan rodando cada año más deprisa, mientras los otros descarrilan, o asumen su condición de mediocres segundones, perpetuamente a rebufo. Con todo, esto, y a pesar de la crisis, el fútbol hoy puede decir que ha culminado el modelo. Es el deporte más seguido del mundo, y los equipos ricos son hoy más ricos que nunca. Nadie puede cuestionar su preponderancia como ocio de masas. Ocurre que, en este sistema, cuanto más se sube, más cerca está el descalabro. En otras palabras, no ha habido, desde la implantación del capitalismo, nadie que haya experimentado una borrachera de éxito que no haya sufrido una cruel resaca después. Los magnates de la pelota deberían saberlo: el punto más alto de algo es también el inicio de la decadencia.

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