De pasiones y príncipes

– El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. No puede cambiar de pasión.

El secreto de sus ojos (2009)

En 1902, Argentina era ya un país de peloteros. Aún estaban por nacer los Maradona, Kempes, Batistuta o Messi, pero el deporte que habían traído los inmigrantes ingleses ya despertaba pasiones en todo el país. Pasiones encendidas: no pueden ser de otra manera las de los argentinos, capaces de provocar la división de un club, el Football Club Barracas del Sud, por divergencias en la elección del color de la camiseta. El presidente quería que fueran franjas amarillas y negras las que lucieran en la zamarra, mientras que el grueso de los socios optaba por el rojo. La reunión fue tensa, no hubo acuerdo, y de un portazo acalorado nació el Colorados Unidos.

El calentón, de todas formas, no duró mucho. El 25 de marzo de 1903, reunidos los socios de ambas facciones, se decidió que había que poner fin a aquel disparate, y unir esfuerzos bajo un mismo nombre. Entonces Germán Vidaillac, socio fundador, dio un paso al frente. Tenía una revista francesa en sus manos. En ella, una ilustración mostraba un jugador del Racing Club, el equipo parisino campeón de Francia. El aplauso caluroso secundó de inmediato la propuesta de llamar así al club. Y así es como nació Racing Club Asociación Civil, o Racing de Avellaneda, o simplemente Racing.

En sus primeros años de vida, cuando el balompié era todavía cosa de aficionados en Argentina, Racing se alzó campeón siete veces consecutivas, entre 1913 y 1919, lo que le valió por siempre, y hasta hoy, el apelativo de “La Academia del football nacional”. El ídolo de aquel Racing era Pedro Ochoa, apodado “el Rey de la Gambeta”, y a quien el mismísimo Carlos Gardel dedicó un tango: Patadura.

Después de eso, Racing fue siempre uno de los cinco grandes del fútbol argentino (junto con River Plate, Boca Juniors, Independiente de Avellaneda y San Lorenzo de Almagro). Fue el segundo equipo argentino en conquistar la Copa Libertadores, y el primero en ser campeón del mundo. Sí, en aquella Intercontinental eterna a tres partidos, que se acabó decidiendo en Montevideo con un gol de Cárdenas contra el Celtic.

El equipo de Racing campeón de la Intercontinental.

Desde aquellos años sesenta, los aficionados de Racing mantuvieron viva la llama de la pasión con los relatos de las hazañas de Martinoli y compañía, campeones en el 66. En 2001, “la Academia” se proclamó de nuevo campeona del torneo Apertura. Habían hecho falta una quiebra y un descenso antes de saborear de nuevo las mieles del éxito. Cuatro meses antes, luchando por no descender, nadie esperaba nada parecido, pero el 27 de diciembre la afición de Racing llenó dos estadios (el de Vélez y el propio Juan Domingo Perón, con una pantalla gigante) para acompañar al equipo el día que volvían a ser los mejores, arrancándose de un mordisco las frustraciones de 35 años.

Narración de Víctor Hugo Morales: (min 6:05) “Hubo gente que nació, se casó, tuvo hijos, siguió siendo hincha del mismo equipo de su padre, hizo hincha a ese niño que no comprendía por qué como un mandato le imploraban que fuera hincha de Racing, todo ese tiempo ha pasado antes de que Racing volviera a ser el campeón. Valía la pena esperar tanto tiempo para celebrar de tal manera, Racing. Valía la pena aguantar siendo académico, pegar el grito dolorido tantas tardes diciendo: “igual soy de Racing”. Que también irse tantas tardes de cabeza gacha, mirando los pies, balanceándose sin importar contra quién se chocaba, para encontrarse en un jueves que parece un maravilloso domingo con una tarde gloria. Resplandores de gloria tiene el cielo, anhelos de campeón cumplidos. En la tribuna se debaten para ver cuál es el grito más fuerte, cuál es el puño más apretado, cuál es el brazo más alto. Racing es el campeón con todas las de la ley en este campeonato”.

Mi relación con Racing no ha sido de amor duradero, sino de pasión ocasional: una atracción extraña empañada a veces por mi admiración a River. Me descubrí viendo un partido de “la Academia” en Canal+ en 2001, donde un tal Diego salía en la segunda parte para marcar un gol contra ya no recuerdo quién. Aquel fue el último Racing que “campeonó”. Yo no lo sabía, y sólo me quedé preguntándome por qué nadie en Europa había reparado en aquel tipo delgaducho que, por otra parte, no era titular ni siquiera allí. Aquel Diego, apellidado Milito, emigró a Génova, desandando los pasos de tantos italianos que cruzaron el charco a principios del siglo XX, y en la propia Italia, años después, se convirtió en ‘el Príncipe’ venciendo el triplete para el Inter de Milán. Quizás la descripción en mi perfil debiera mencionar a Racing de Avellaneda, ni que fuera de pasada, advirtiendo tan sólo las siglas.

'El Príncipe', Diego Milito.

Milito abandonó Racing, surgió un tal Lisandro López y también emigró, y el equipo sólo ha logrado acercarse de nuevo a la gloria con el tercer puesto en el Clausura de 2005. Dicen los sondeos que el 4% de los argentinos animan a Racing, muy por detrás de Boca (40%) y River (33%). Incluso con menos afición que el enemigo íntimo, Independiente de Avellaneda. Pero, ¿a quién le importan los números, cuando hablamos de pasión?

– Escribano, ¿qué es Racing para usted?
– Bueno, una pasión, querido.
– Aunque hace 9 años que no sale campeón…
– Una pasión es una pasión.

El secreto de sus ojos (2009)

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